Posverdad y alfabetizaciones mútiples


La posverdad entubia la información y entorpece el rigor.

Posverdad. Hasta los hechos y los datos se visten y maquillan en las encuestas. Pero la información, hoy en la era de la posverdad, no es un invento de las redes sociales o de las grandes plataformas digitales, aunque sí han amplificado sus efectos y consecuencias. Lo sabemos, es la palabra del año, muy presente con el Brexit y muy amiga de Trump.

Recoge El País  que el Diccionario Oxford ha entronizado un neologismo como palabra del año y como nueva incorporación enciclopédica. Se trata de la post-truth o de la posverdad un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”

Pero la historia de la desinformación es muy anterior a las redes sociales y las grandes plataformas digitales, como señala la verdadera historia de la noticias falsas , aunque el exceso de información si forma parte de la reciente era digital.  Ya en la Antigüedad, los pasquines fueron el medio habitual para difundir noticias ingratas, mayormente falsas sobre personajes públicos. Después sustituidos por un popular género el del “canard” o gacetilla repleta de bulos y falsedades.

Luego aparecieron los “hombres del párrafo.” Se enteraban de los chismes y cotilleos en los cafés (redes sociales del momento), los escribían en unas líneas en un papel, y los dejaban en un banco para que los descubrieran otros, o los llevaban a los impresores que eran también editores para que los metieran en el primer hueco que tuvieran disponible.

¿Por qué no hablamos de mentira en vez de posverdad?

La directora de The Guardian, Katharine Viner, en  un destacado artículo de The Guardian “Cómo la tecnología interrumpe la verdad”, saca a colación el término post-truth politics. Aunque la mentira siempre existió y mueve el mundo, lo nuevo es  que se ha naturalizado. No existe asombro ante la falsedad y se acepta como algo cotidiano.

La posverdad y la autocensura impide la libertad de expresión

Señala Viner que el público se ha acostumbrado a contemplar los datos como un espectáculo, y las opiniones como una emoción. ¿Por qué permitimos que un político tenga más credibilidad si enfatiza, ríe o llora?

Añadamos a la mentira, la poscensura que Trump ha aprovechado mezclando las redes sociales, la crisis de credibilidad de la prensa y el intercambio de dosieres confidenciales. La poscensura coacciona y evita un debate racional, facilita un estado de confusión en el que lo complejo se simplifica y distorsiona.

Algunos ejemplos los tenemos con Tim Burton, acusado de racista porque todos sus protagonistas son blancos, o Scarlett Johansson que interpretó a la ciyborg de un manga japonés. O las muchas entrevistas que ofreció Gustavo Bueno y están subidas a YouTube criticando muchas convenciones establecidas. O las opiniones que desde hace décadas vierte Antonio Escohotado sobre la liberación de algunas drogas.

Lo políticamente correcto se ha establecido como estado de opinión.

Una posición divergente y contraria al “sentido común” político, religioso, cultural o sexual es censurada porque discrepa de la mayoría y hay miedo a que se pueda ofender. De este modo la “espiral de silencio” amplía su bucle y el ambiente censor, sin normas que censuren, prohíbe la libertad de expresión.

Ciertamente la nube de la sospecha es muy alargada. ¿Qué ocurre con las encuestas? Son un método de trabajo que obtiene unos datos de un conjunto de personas, mediante preguntas específicas recogidas en un cuestionario diseñado previamente.

¿Quién diseña esas preguntas? ¿Con qué finalidad? ¿Desde qué hipótesis? ¿Cuáles son los criterios de interpretación? ¿Hablamos de encuestas representativas?  Muchas preguntas también para desentrañar los datos.

Una democratización de los medios no es la barra libre que venden las grandes plataformas. La información no está al alcance de la mano de cualquiera, y el precio que cada uno de nosotros pagamos cuando hacemos clic es bastante elevado.

Según un estudio de la Univsersidad de Stanford ,el 82% de los estudiantes de secundaria no pueden distinguir entre un anuncio etiquetado como contenido patrocinado y una noticia real en una página web. Muchos estudiantes dieron más credibilidad a un tuit informativo basándose en algo secundario y engañoso  como el que contuviera o adjuntara una gran foto, con independencia de cual era la fuente de la noticia.

Los nativos digitales no existen.

La superada expresión de los “nativos digitales” no describe el perfil de los niños y jóvenes que han nacido en las sábanas digitales. Las competencias digitales se adquieren y desarrollan. Son producto y resultado de una actitud y unas aptitudes.

Como hemos explicado  la educación mediática no ha tenido presencia relevante en los currículos escolares, ni en los planes de estudios universitarios, ni en los propios medios, ni en la sociedad.

– Porque estas competencias no se evalúan porque no se enseñan.

– Porque no es posible una evaluación eficaz si no definimos estas competencias, así como sus conocimientos, habilidades y destrezas para obtenerlas.

– Porque las instituciones políticas en coordinación con la educación, los medios y las familias no proponen medidas eficaces de formación, producción y difusión que favorezcan la alfabetización digital de los ciudadanos.

Castells divide a los ciudadanos en tres tipos:

  1. Desinformados. Solo tienen imágenes.
  2. Sobreinformados. Viven en el vértigo y la saturación informativa.
  3. Informados. Los menos, son capaces de discernir la información, seleccionar y contrastar, así como construir su opinión desde este metódico rigor. Con voluntad, tiempo y competencias para hacerlo.

Multialfabetizaciones en 3 claves:

Hace décadas que postulamos la necesidad de una alfabetización digital y mediática. Tres son las grandes líneas de actuación e intervención para promocionar una ciudadanía alfabetizada.

  • Los escenarios digitales como objeto de estudio.

Una educación que no analiza los intereses, consumos, interacciones que los alumnos tienen y ejercitan en su tiempo de ocio, es una educación que no educa. Series, videojuegos, redes sociales, deporte, música, ahí es donde está su motivación. Esos formatos, lenguajes, ficciones, intercambios deben ser objeto de análisis y conocimiento. Motivo de diálogo y discusión.

Conocer los escenarios digitales implica aprender a leer y escribir con otros códigos y soportes. Lo que antes fue el alfabeto impreso, ahora es el software. La programación es una asignatura necesaria y pendiente en nuestro sistema educativo.

  • Los escenarios digitales como herramientas para aprender.

El ocio digital y la publicidad son las pizarras que deberían leer las escuelas. Las dinámicas lúdicas de un videojuego, la trama de una serie, la fotografía, el cine, la música, las diferentes aplicaciones y espacios colaborativos que ofrece la Red, son recursos y herramientas para aprender y explorar.

  • Los escenarios digitales como entorno para la expresión y la creación.

Solo se aprende lo que se hace, siempre fue así y ahora también. Pero hoy disponemos de un escenario interactivo, que permite la expresión y la comunicación. El laboratorio de relaciones e interacciones que propicia internet es una oportunidad para crear y cocrear, participar y compartir.

Hablemos de noticias falsas, y no de posverdad.

José Antonio Gabelas & Carmen Marta

 

 

José Antonio Gabelas Barroso

Coordinador, fundador e ideólogo de la plataforma TRICLab. Socio fundador del GICID. Profesor de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad de Zaragoza. Doctor en Ciencias de la Información. Director de la colección Comunicación y Medios (1998-2006). Editor desde 2007 del blog “Habitaciones de Cristal”.

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