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>De dioses y hombres

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Había leído alguna cosa, pero como muchas veces ocurre, fue el boca-oído en una cena con amigos lo que me animó a verla. “De dioses y hombres” de Xavier Beavois, que cuenta con una notable filmografía, ha llegado precedida del éxito francés y como película escogida por el país vecino para ser su representante en los Oscar. Fue una de las grandes favoritas en el Festival de Cannes de 2010 , galardonada con el Gran Premio. La historia transcurre en las montañas del Magreb en los años noventa. Ocho monjes cistercienses viven totalmente integrados con la población musulmana. Un grupo de fundamentalistas islámicos asesina a un equipo de trabajadores extranjeros y el pánico se apodera de la región. Aunque el ejército ofrece protección a los monjes, estos la rechazan. ¿Se deben ir o quedar? La película refiere de modo genérico la vida de los monjes cistercienses del Tibhirine, en Argelia, desde el año 1993 hasta su secuestro en 1996.

En mi opinión, lo excitante es lo que experimenta el grupo. Esta pequeña comunidad cisterciense sabe que quedarse puede suponer para ellos la muerte o el secuestro. Beavois escudriña el proceso que conduce a estos monjes a quedarse, analiza. sin penetrar demasiado, los motivos y miedos de sus personajes. La austeridad de su puesta en escena reposa en el silencio y la libertad. No hay banda musical, sólo diálogos rotos por los cantos religiosos. Tampoco hay espacios abiertos, pues toda la acción transcurre entre los muros del monasterio, salvo breves salidas al exterior. Los primeros planos contrastan en su fuerza expresiva con las largas cadencias repletas de silencio.Parece que la estética de la puesta en escena estuviera sincronizada con la pausada liturgia, que de un modo dialéctico expresa la enorme tensión vital que están experimentando los monjes. Ese es el mayor acierto de la esta historia. Como muchas veces ocurre en el cine, las historias ya están contadas, pero la narración hace cada historia diferente. En una larga secuencia, el monje médico Luc, admirablemente interpretado por Michael Lonsdale ,toma dos botellas de vino, las abre y los monjes en pequeños y profundos sorbos se deslizan desde la alegría al llanto. Una metáfora más de todo lo que atraviesa el corazón y la vida de esta pequeña comunidad.
A pesar de estos aciertos, esta angustiosa espera, y el retrato interno que el director presenta queda a medio explotar. Las dudas y los miedos que manifiestan algunos de los monjes, son resueltos de un modo excesivamente simple y rápido. Aunque la ya lenta y austera puesta en escena, quizá se hubiera cargado demasiado. Es mi duda.

gabelas

Profesor de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad de Zaragoza. Investigador en Social Media y Comunicación.

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